Dependia de los ojos. El secreto del amor estaba en los ojos, en la menera que tenían las personas en mirarse unas a otras, en la menra en que se comunicaban y se hablaban con los ojos cuando los labios estaban inmóviles. Los ojos de él me habían dicho más que diez miel palabras. Y no era únicamente la forma de tocarme, acariciar, tiernamente; era la forma de tocarme al tiempo que me miraba de aquella manera.
Flores en el ático. V.C. Andrews


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